Ahora que acaba de terminar la Itzulia, la Vuelta al País Vasco nos sirve para recordar que en el ciclismo los puertos de montaña se clasifican de 4º a 1º categoría dependiendo de su dificultad. Luego están los “Hors Catégorie” o “Categoría Especial”, aunque la traducción literal del francés sería “Fuera de Categoría”. Pues bien, en el caso de López nos encontramos ante un pelotari “Fuera de Categoría”. Inclasificable. Histórico. Al igual que las montañas que han protagonizado las grandes hazañas del ciclismo mundial, como el Madeleine, el Mont Ventoux o el Izoard.
La mayor “hazaña” de Imanol López es que además de ser un pelotari de máxima categoría, él mismo, su comportamiento, sus declaraciones y su “señorío” le han dado mucha categoría a la cesta punta. Los deportistas de élite son los mayores embajadores de su actividad profesional, pero ser figura no va unido a tener categoría. La categoría es un aspecto relacionada con la educación y los valores de familia. En el caso de López, a la cultura de trabajo, a comportarse educadamente con los compañeros con los que ha compartido no solo cancha, sino frontón: trabajadores, organizadores, periodistas, voluntarios, pelotaris retirados, niños y niñas que adoran a sus ídolos, y cómo no, el trato con los propios aficionados. El compañerismo va mucho más allá de la cancha y López es un gran ejemplo de ello. Significa esperar, conversar, fotografiarse, charlar… Dedicar tiempo a esas personas que comparten con el pelotari la experiencia del frontón.
El que escribe este artículo es de la misma generación de López e Imanol ha sido el mejor zaguero que ha visto jugar a pelota. Es junto a Goiko, el mejor pelotari de “mi época”. Debo confesar que me gusta su procedencia (padre de Ávila, madre de Extremadura) porque detrás de ello se esconde una historia de migración -incluyendo escala en París- y de mucho trabajo para sacar adelante a la familia. A Imanol -al igual que a Goiko- le ha ayudado ser de Zumaia, un municipio donde sí, hay pelotaris, pero está alejado del núcleo duro de la cesta. Piragüistas, surfistas, jugadores de balonmano, ciclistas, puntistas, remeros o bodyboarders (algunos de ellos olímpicos) componen el paisaje deportivo de un municipio que destaca precisamente por su pluralidad deportiva. Conocer tan de cerca la realidad de otros deportes ayuda a situarse y coger perspectiva sobre tu propia especialidad.
Durante todos estos años, los medios de comunicación han encontrado en López a un comunicador único en la cesta. Facilidad de palabra en varios idiomas, frases cortas y precisas, y alejado de la polémica, Imanol ha optado por ser elegante y cuidar de su deporte, no solo en la cancha sino también mediante sus declaraciones públicas. Un tío que da increíblemente bien a cámara (se tiene o no se tiene) y ofrece siempre buenos titulares. Una pérdida mediática importante para el Jai Alai.
López se retira siendo el mejor zaguero, pero esa posición no le ha impedido preparase con mucha antelación y dedicación a otros sectores profesionales. Aprovechó sus años en EEUU para estudiar y preparase. Sacrificio y cultura de trabajo. El Jai Alai ha sido un vehículo para llegar a otros destinos, abrirse a otros campos profesionales, conocer otras realidades y a otras personas alejadas de la cesta. Coger distancia, no solo para crecer como persona, sino para mantenerse como número uno de la cesta pero con la suficiente distancia para analizar bien cada situación y tomar las decisiones adecuadas.
López se va en lo más alto, con el “Gerriko de Oro” que le acredita como campeón de la Jai Alai League. Se despide en su pueblo, Zumaia, y en su segundo frontón, el Aitzuri, que cogió el testigo del viejo Odieta hace precisamente una década. En una reciente entrevista en el Diario Vasco, afirma que deja la cesta en una situación mejor de la que se encontró. El árbol viejo se secó y cayó, pero felizmente ha dado tiempo para salvar una pequeña rama, trasladarla a una nueva tierra fértil, y poco a poco, hacerla brotar. La de López ha sido una larga trayectoria de 23 años y 76 txapelas, todas ellas bien guardadas por su padre. Un hombre de Ávila que le inculcó a Imanol su pasión por la pelota (mano y pala), y que vio cómo éste se enamoraba rápidamente de la cesta para convertirse en una gran figura de categoría especial.





